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La IA no necesita mejores modales. Necesita una constitución.
Por qué necesitamos 19 principios fundamentales: las grandes empresas no tienen problemas con una constitución de la IA porque sea irracional. Tienen problemas con ella porque impone límites precisamente donde hoy surge su poder. Ahora mismo existe esta extraña mezcla de euforia y crítica. Todo el mundo habla de IA. Cualquiera que pueda escribir un prompt sin errores construye algo con ella. Algo que transforma a los High Performer en superejecutores, en dioses de la IA. Todo el mundo está entusiasmado, alarmado o asustado, a menudo alternando incluso a diario. Y, en realidad, siempre oigo las mismas preguntas. Gran parte del discurso público sobre la IA gira en torno a preguntas que no son realmente equivocadas, pero que a menudo se plantean con un alcance demasiado pequeño, demasiado tarde o desde un ángulo demasiado sesgado. Captan la atención, crean bandos y generan titulares. Pero, en parte, pasan por alto el verdadero problema. Aportaciones más recientes critican precisamente esto: los debates tratan la IA como una herramienta puramente técnica o como un monstruo lejano del futuro, en vez de tomarse en serio las estructuras sociotécnicas de poder y decisión que ya actúan hoy. [1] Un intento de clasificación: preguntas importantes, pero planteadas de forma demasiado estrecha. Preguntas que distraen del núcleo. Y preguntas que realmente habría que plantear. Naturalmente, sé exactamente cuáles son.
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